jueves, 19 de noviembre de 2009

Gemelos

Un día cualquiera, hace 2 años, llegaron a mis manos un par de relojes, eran idénticos, sólo dos simples relojes digitales como tantos otros; los dos color gris, con su pulsera de plástico y su círculo central negro, ambos medían la hora, tenían cronómetro y despertador, como tantos otros.
Como nunca he tenido la costumbre de usar reloj (tal vez ninguno se adecua a mi muñeca) dejé ambos en mi habitación, para algún día utilizarlos cuando tuviera necesidad de ellos, yo prefería pues verificar la hora en mi vetusto celular.
Pero otro día cualquiera, hace unos tres meses, comenzaron estos relojes a comportarse de una manera muy extraña; sin que yo los ajustara, comenzaron a sonar sus despertadores a horas disímiles, a veces sonaban y me despertaban a las tres de la mañana (algo muy molesto cuando al otro día vas a estudiar) por el contrario, otras veces sonaban a las cuatro de la tarde, cuando yo estaba leyendo o realizando alguna otra actividad. Su alarma era constante y fuerte, con un pitido muy estertóreo y desagradable, lo cual me era útil cuando se les ocurría sonar a las seis de la mañana, levantándome y reemplazando la función de la alarma en mi celular, que a pesar de yo haber ajustado el día anterior, no había tenido la fuerza suficiente para despertarme (su sonido era bastante parsimonioso y débil).
Este comportamiento errático comenzó a molestarme, aunque no tanto como comenzó a sorprenderme e intrigarme. Así que tome la determinación de estudiar estos relojes, intenté reajustar su comportamiento, intenté abrirlos y sacarles sus baterías, pero todo era inútil, algunos botones parecían no querer funcionar, algunas perillas trabadas y sus tuercas petrificadas.
Tomé entonces la determinación de separarlos, uno lejos del otro, a ver si así detenían su actuar, pero esto sólo aumentó mi sorpresa: cuando llevé uno de los relojes a la cocina y abandoné ahí por una semana, me percaté que el ubicado aún en mi habitación tenía la buena costumbre de sólo sonar y despertarme cuando yo lo necesitara, así por ejemplo, me salvó tres veces de llegar tarde a clases y me recordó unas cinco actividades y tareas pendientes al sonar por la tarde. Por el contrario cuando cambié de lugar los relojes, dejando uno en la cocina y el otro en mi habitación, el nuevo acogido tenía la mala costumbre de despertarme casi todas las noches de madrugada, casi con la intención de sólo molestar, y sonar de tarde siempre que yo estaba muy concentrado en algo, sin que me recordara ninguna actividad pendiente, pues por más que reflexionara e intentara recordar, no encontraba nada en mi mente, más que la molestia de la interrupción.
Me di cuenta entonces que no eran ambos los que tenían un comportamiento errático, dirigido a veces a molestarme y a veces a ayudarme, no eran los dos juntos los que me habían despertado o interrumpido tantas veces, cada uno tenía su comportamiento antípoda, cada uno sus aparentes intenciones.
Llegué a la conclusión que al igual que dos gemelos (como dicen las leyendas) uno nace malvado y el otro bueno, coloqué entonces el reloj malvado a la izquierda del derecho para identificarlos y nunca confundirlos.
No quise deshacerme del malvado, quizás por nostalgia o empatía con el bueno, porque tal vez sea tan bueno que ame mucho a su gemelo, y le daría mucha pena ya no verlo más. Creo que el malo me agradece de cierta forma no haberlo arrojado a algún canal o a la calle, pues ahora su comportamiento es menos molesto, como si intentara contenerse, pero no se ilusionen, aún sigue con alguna de sus pillerías y me sorprendería que no. Mientras no sienta envidia de su hermano y le quite la vida, todo estará bien. En realidad ya me acostumbré a convivir con ellos, ya extrañaría que faltara uno, y ambos arrumbados sobre un mueble mío siguen con su actividad, quizás a veces discutiendo como uno arruina las labores del otro, como buenos hermanos que deben ser.


No puedo evitar sentir culpa algunas veces, tal vez antes de mi experimento (cuando dejé uno en la cocina y otro en mi habitación) ninguno de ellos era claramente malo o bueno, quizás ambos eran los que se ponían de acuerdo para sonar al mismo tiempo y a veces ayudarme o molestarme. Cuando tomé uno y lo abandoné en la cocina, tal vez lo impulsé a un resentimiento eterno y ahora siempre será malo, el otro por el contrario, se vio protegido y elegido, siempre sería bueno entonces. Tal vez mis acciones impulsaron su actual actuar o quién sabe, puede ser que uno haya nacido malvado y el otro bueno, son cosas que nunca podré ya saber.
Me preguntó, si Dios hubiera agradecido la ofrenda de Caín y no la de Abel, ¿no hubiera sido este último quien machacara la cabeza de su hermano en venganza?

“cada día a lo largo de doce años, Harold se ataba la corbata con un solo nudo estilo Windsor en vez de un nudo doble, ahorrándose así hasta 43 segundos. Su reloj opinaba que un solo nudo estilo Windsor le hacía el cuello gordo, pero no decía ni pío…
…su reloj se deleitaba con la sensación del viento fresco acariciándole la esfera… …y exactamente a las once y trece minutos cada noche, Harold se acostaba solo, dejando su reloj de pulsera descansado en la mesilla de noche junto a él…”

4 comentarios:

Pea dijo...

I luv clocks
Esos de bolsillo especialmente, son como ... como, creo que necesito hecharle una vista al diccionario u.u, me falta vocablo.
Como sea, esta historia si me ha gustado un mogollon.
Que bueno que vuelvas a escribir, y ese fashion emergency de tu blog, un 10 total.
Que estes bien ^^.

Valerie in Wonderland dijo...

Me gustó.
Adoro los relojes y el tema del tiempo me perturba y me gusta bastante, es casi inevitable la atracción que me produce el tiempo como ente y los relojes como objeto. Y esto que has escrito me gustó mucho.
Cuando leí el título pensé que te refirirías a personas, grata fue mi sorpresa de ver que eran relojes.
Lo de que tal vez hayan sido condicionados o no... es un tan buen tema, porque hasta que punto somos fruto del contexto en el que estamos es algo difícil de saber.
Y a mi personalmente me hiere el orgullo que muchas de las cosas que creo me han costado "ser", no sean más que una cuestión de variables ajenas a mi.
jajajajjaa puro orgullo
=)

Me gusta lo que escribes Kevin.
Saludos

Ignacio Quinteros dijo...

Al final, eres tu siempre el malo... pero recuerda, Caín -a mi modo de ver- siempre es el bueno.


jajajaja...


Saludos!!!

Tu siempre fiel amigo y hermano, Ignacio (o Camilo, si para que andamos con cosas...)

Margarita dijo...

Ahora comprendo por qué dejaste este link en mi msn muerto.

Caín, Abel. Supongo que no puedo tomarme en serio esa historia, no después de haberla leído manchada de tantas otras realidades paralelas que (re)crearon una confusión magnánima y alteraron mis conceptos sobre el bien y el mal.

Me gustó esto de los relojes. Una vez lo había leído, y ahora que me fijo, nunca comenté. Cómo engaña la memoria, pensaba que lo había hecho.

Espero verte algún día, cuando aparezcas, claro está.

Chau