lunes, 12 de enero de 2009

Duende

Cosas como estas no le pasan a cualquier persona, y cuando todo comenzó una calurosa tarde de enero, comencé como la mayoría haría por negar de entrada todos los sucesos, hacer un llamado a la cordura y encontrar la respuesta más obvia a los hechos, sugestión, descuido o en última instancia una jugarreta infantil pero bien preparada por mi hermana menor.
Como sea, las primeras cosas extrañas fueron ropa sacada de mi closet y dejaba dispersa alrededor de mi cama o arriba del computador en mi habitación, mis libros desordenados y sacados de su lugar en mi pequeña biblioteca, pues tengo cada libro en su sección correspondiente (fantasía, ciencia ficción, filosofía, etc…) Muchas veces al entrar en mi pieza al anochecer encontraba mi teclado en medio del piso o la guitarra de mi hermana sobre mi cama, ahí fue cuando empecé a sospechar de la pequeña traviesa, al principio solo la regañé un poco y le pedí que cesara con sus jugarretas, que al principio habían sido divertidas y me habían desconcertado pero ya me estaban hartando. Ella hizo como que no me escuchaba, esto no era novedad, y se fue indignada a su habitación, por lo que me quedé como tantas tardes de enero ordenando el desastre.
Con el pasar de los días las bromas no solo no cesaron, sino que aumentaron y decidí hablar con mi madre sobre el asunto, ella muy seriamente retó a mi hermana y pensé que sería suficiente para terminar con el problema. Pero para mi mayor indignación las bromas ¡siguieron! Pero lo que más me extraño es que mi hermana había entrado a trabajar hace pocos días, y nadie más entraba a mi pieza, muchas tardes me quedé en mi casa solo leyendo o escribiendo por lo que pude vigilar mi habitación con mucha atención, pero las bromas seguían y seguían.
Libros abiertos y rayados, marcados en ciertas páginas que extrañamente me habían marcado al leer yo esos libros, así que empecé a sospechar de fuerzas sobrenaturales, ya que ninguna persona sabía exactamente con tanta certeza que página de qué libros podrían dejarse abiertas para sorprenderme, como cuando encontré “cuentos completos de Cortázar tomo II” abierto en la página 381.
Para ese entonces ya tenía miedo de entrar a mi habitación y mi familia empezó a preocuparse por mi, pues cada vez retrasaba más la hora de subir al segundo piso de mi casa y acostarme definitivamente. Cuando antes era todo lo contrario, sacarme de mi habitación era un problema, porque siempre estaba Internet, mi teclado, la guitarra, los libros, o si, los libros siempre ellos.
Cuando le conté mi problema a mi abuela y ella constató en terreno las evidencias de mi suplicio, me habló de teorías delirantes y aunque completamente absurdas más de una quedó recalando en mi mente, menos podía entrar a mi pieza luego de escucharlas y menos podía dormir siquiera en mi cama.
Teorías sobre fantasmas, poder psíquico, ¡el diablo!, pero definitivamente el que más acepté (no sé por qué) fue el de los duendecillos.
Según mi abuela eran seres mágicos pequeños que habitaban los jardines de lugares campestres, tal cual es mi casa. Claro yo ya conocía toda la historia de los duendes, también de elfos, ogros, etc… Después del señor de los anillos ¿qué ser humano normal se queda fuera de estos asuntos?
La cosa es que conocida o no la historia me pareció bastante acertada, también quizás porque era la menos terrorífica.
Ya conocida en teoría la raíz del problema la preguntara era ¿cómo acabar con el mismo?
Mi fiel y siempre útil amigo “Wikipedia” me dio varias soluciones; colocar un sombrero con azúcar para atrapar al duende (aunque en realidad yo no quería verlo, pues soy muy miedoso), colocar una moneda de oro para que el duende la tome y se valla (¡de donde diablos sacar una moneda de oro!), realizar un hechizo para contactarse con el duende y pedirle que se valla (parecía la más lógica, pero a la vez peligrosa -> magia, brujería, fantasmas…) o simplemente esperar que el duende de señales de qué es lo que quiere y facilitárselo.
Pensé que lo mejor sería dejar que el tiempo pasara y que el duende dejara ver qué es lo que quería.
Hasta que repentinamente y sin aviso al despertar una mañana de sábado vi junto a mi almohada cumbres borrascosas abierto en el capítulo más doloroso, y una nota escrita con linda caligrafía que decía “Yo también pasé por lo mismo”
Era todo tan claro, quizás el duende o la duende quería compartir conmigo mis libros, sus experiencias y cuanta cosa más. Desde ese día iba sintiendo una tranquilidad cada vez mayor y el miedo fue desvaneciéndose. Ya no me importaba encontrar los libros abiertos y rayados en ciertos capítulos, páginas y hasta palabras, pues me hacía sentir menos solo, porque aunque suene triste alguien me comprendía y compartía mi dolor, aunque fuera una criatura que en realidad no podía estar ahí, no podía ser real todo eso, pues si de verdad estaba ahí sólo podía significar que yo estaba loco.
Pronto tomé la costumbre de dejarle siempre al salir en mi librería pequeña un vaso con leche y unas pocas galletas, siempre al volver no estaban ni la leche ni las galletas. Hasta que cierto día encontré una nota que decía “se agradece mucho la atención, pero en vez de leche ¿podría ser coca cola? Soy algo alérgica a la lactosa, se agradece de antemano”
Así que no sólo era una duendecilla, sino además educada y de buen gusto.

Una noche al terminar de escribir un poema para Antonia, acostarme y llevar dormido no más de diez minutos calculo, escuché ruidos, como de pasos debajo de mi cama. Estaba muy asustado como es natural, pero luego deduje que sería mi duendecilla dando un paseo por mi pieza al pensar que yo ya estaba dormido. Le seguí el juego pues y me quede muy quieto y dejándola libre que hiciera su rutina habitual, a ver que sorpresa me tendría preparada para la mañana.
Puse mucha atención y logré escuchar como abría las puertas de mi closet, no quise abrir los ojos porque creo había terminado la magia de mi pequeña amiga, aunque fue fácil llegar a la conclusión de que esta noche no tenía ganas de leer, sólo de desordenar mis cosas como hace tanto tiempo no hacía.
Sin darme cuenta me dormí y desperté al otro día muy temprano, casi con la salida del sol y vi junto a mi cama una de las viejas cartas que Antonia me había mandado cuando aún éramos pareja.
Releí la carta como hace muchos meses no lo hacía y creo caí en la melancolía, era una de las cartas no de amor, sino donde me decía que nuestra relación había sido ya demasiado larga, que nos habíamos hecho demasiado daño y era tiempo de cada uno seguir su camino sin volver a hablarnos. Al final de la carta la duendecilla había escrito algo; “Cuanto lo siento, te repito yo también pasé por algo semejante, cuanta pena me da”
La duendecilla había encontrado un nuevo material de lectura entretenida, las viejas cartas de amor y desamor que Antonia me escribió hace tanto tiempo, y releerlas junto con mi amiga invisible fue una experiencia sanadora, cada vez que volvía a abrir las viejas cartas amarillas del pasado, soltar lágrimas y luego reír, era como una terapia que me iba curando viejas heridas.
Un día quise compartir mis verdaderos sentimientos con la duendecilla y antes de salir deje prendido el computador en mi habitación, le dejé las páginas Word donde guardaba todos mis poemas y cuentos escritos para Antonia.
Ese día no llegué a mi casa, pues la fiesta había estado demasiado buena, pero cuando llegué al día siguiente vi un montón de pañuelos húmedos sobre el computador y una nota sobre el teclado que decía; “Me has conmovido, en algún otro mundo, cuando ambos seamos gatos debemos estar juntos, lo sé, pero ahora solo me resignaré a admirar lo que escribes, lo que lees y lo que eres. Ah… antes de que se me olvide, Antonia es una sonsa y me cae mal”
Desde ese día en adelante mi duendecilla andaba dejando pañuelos mojados por toda mi habitación y creo podía sentir su pena que me llegaba, por otro lado cada vez que ella leía algunos de mis libros en al sección “melancolía” o leía alguna de las cartas que Antonia me mandó o algún cuento que yo le escribí a ella, mi tristeza iba pasando y yo iba olvidando poco a poco a Antonia. Aunque me preocupaba mucho ir viendo el estado cada vez más deplorable de mi pequeña amiga, cada día comía menos y de noche casi no la sentía jugar por mi habitación y ya casi no desordenaba mis cosas, sólo leía y leía. Hasta que un día ya asustado por su estado decidí esconder todas las cartas y no dejarle más prendido mi computador, veté la sección “melancolía” y sólo dejé a su vista libros de Coelho y Bárbara Wood, para que subiera el ánimo y dejara de sufrir. Me recordaba a mí hace unos cuantos meses y me parecía patético, creo que muchos a mí alrededor se debieron haber sentido así conmigo pero nunca me dijeron nada, así que yo tampoco lo haría con mi duendecilla.
Pero nada parecía funcionar, cada vez que entraba a la pieza sentía un aire pesado, como de sufrimiento agonizante y más de una vez en la noche sentí sollozar a alguien bajo mi cama.
Una noche en particular el llanto se escuchó más fuerte de lo normal y sentí mucha pena también, entonces comencé a tararear una canción de Pearl Jam, que algunas veces me sube el ánimo y otras veces me las baja, pero mi duendecilla me replicó tarareando con una voz mucho más hermosa que la mía “Black” y luego “Snuff” de Slipknot, lo que significa que había estado incursionando sin que yo me diera cuenta en mi computador, había leído los dos temas más tristes para mí y ahora también compartía esa pena conmigo. Por lo menos por esa noche no había nada más que hacer.
Al despertar tomé la determinación de comenzar a escribir cuentos y poemas alegres todos dedicados a mi duendecilla, con la intención de reanimarla y evitar que hiciera alguna estupidez como tantas veces yo lo pensé cuando estaba con el ánimo por el suelo como ella.
Todas las noches antes de dormir le leía un cuento y un poema con la esperanza de que al otro día me dejara alguna nota dándome a entender de que estaba mejor, pero siempre al otro día no encontraba nada más que pañuelos mojados, parecía que nada funcionaba.
Ya me daba miedo salir de mi casa y dejarla sola por mucho tiempo, pues la soledad en estos casos no ayuda mucho. A mi no me ayudaba.

Una mañana de sábado mi mamá me comunicó muy alegre que el domingo partíamos de vacaciones a Pichilemu, lo que en un momento me debiera haber provocada una gran alegría (pues adoro veranear en Pichilemu) ahora me dejaba una gran preocupación, pues ¿quién cuidaría a mi duendecilla? Había sido una gran compañera todo este tiempo y la única que me había entendido y compartido conmigo a cabalidad mis penas. Ahora debía dejarla sola una semana con el peligro de que su sufrimiento aumentara e hiciera alguna tontera.
Claro no podía hacerse nada más que tomar las precauciones del caso; Esconder todo material peligroso y dejar el computador sin el cable de energía, dejarle escritas algunas notas de ánimo y algún regalo que la hiciera sentir especial.
Al salir de mi pieza el domingo por la mañana para ir a Pichilemu, le lancé un gran beso y me fui con la esperanza de que cuando volviera ella estuviera mejor.
No considero importante relatar qué tal fueron mis vacaciones, pues estuve todo el tiempo pensando en mi duendecilla y en volver luego para estar con ella.

Cuando llegué luego de una semana de nervios y miedo, corrí hacia mi pieza y al abrir mi puerta el espectáculo fue horrible, mi alfombra tenía unas manchas verdes que iban desde mi armario hasta debajo de la cama, encontré una nota al lado de las puertas de mi armario que decía; “Siento tener que dejarte, pero creo no poder soportar más… esto lo estoy sufriendo mañana, ¡esto lo estoy sufriendo mañana! Y ayer, perdóname y nos vemos en otra vida, cuando ambos seamos gatos, con cariño tu duendecilla”
Comencé a llorar desesperanzado, me había dejado la única gran alegría mía en mucho tiempo, al arrodillarme y mirar hacia el suelo pude observar una manita que salía desde debajo de mi cama para afuera como sosteniendo algo, era solo una pequeña manita que sostenía un dibujo hecho por mi cuando estuve más triste por Antonia, un dibujo que nunca le mandé con un contenido secreto que tampoco revelaré aquí.
Desde el cuerpo de donde debía provenir la manita, salía el líquido verde que manchaba mi alfombra…
Creo que las penas de los humanos no están hechas para ser soportadas por seres tan nobles e inocentes como los duendes.

2 comentarios:

nat * dijo...

Oye la duendecilla no era la que entendía tus penas a cabalidad , ERA YO OKEY?
hahahahaa.. soy la unica que te entiende ujuju , soy feliz.

inabsoluta dijo...

No podría decirte qué es lo que me choca de esto. Primeramente pensé que me aterraba la idea de que el duende no fuera sino una proyección del yo triste que llevamos dentro, pero... no sé, sea lo que sea el duende no creo que sea capaz de aliviar nada, es como dejar el dolor en manos de otra persona o incluso cargarlo más (y discutible aquello de que "evadir" con hueás que uno considera menos profundas, como Wood o Coelho, sea algo malo. Es una opción, y bastante buena).

Eso, está bueno este cuento como autoayuda (aunque el final te deja más triste jaja).

Miaeee